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ARTESANÍA DE EL FERRE

 

 
 

OBRA DE SANEAMIENTO DE PRIERES

Información sobre esta obra que ya comenzó en enero. 

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Centenario de la Escuela de Prieres (II). El Magisterio en la Historia PDF Imprimir E-Mail
Sunday, 19 de April de 2009
Sample ImageEn este año 2009 se cumplen los cien años de la reconstrucción en 1909 del edificio de nuestra escuela. Como sabemos, esta reparación tuvo una marcada iniciativa popular, si bien fue encabezada por Fco Cueria, Antonio Sánchez y 8 iniciadores más,  tal y como deja constancia una grabación en el dintel de la puerta del salón actual.
Cuando comienzo esta colaboración con motivo de tan señalada efemérides, no dejo de reconocer y advertir de que es una historia que me sobrepasa, así que al menos trataré de ordenar las ideas dividiéndola en tres partes. En la primera haré una rápida y personal interpretación pedagógica de la historia y el origen de las escuelas. En una segunda, trataré de centrarme en las escuelas rurales, como la nuestra, que hasta principios de los 60 del siglo XX fueron los centros donde los maestros y maestras rurales con mayor o menor éxito trataron de formar a los niños. Y en la última, más personal, trataré de trasladar al papel recuerdos de mi infancia relacionados con la escuela de Prieres.(J. Pérez)
"Enciclopedia" usada en la Escuela de Prieres en los años 40

Centenario de la Escuela de Prieres (II). EL MAGISTERIO EN LA HISTORIA

Jenaro Pérez

La escritura y la historia de la humanidad

En mi opinión, el origen de la escuela como lugar o asentamiento físico comienza por la necesidad de un sitio donde pueda impartir sus enseñanzas el maestro. Esta figura a su vez nacida de la aparición de la escritura, fenómeno sin el cual sería imposible entender y conocer la Historia, ya que es la escritura lo que posibilita la conservación de sucesos en el tiempo, que de una manera científica pueden ser estudiados, verificados y clasificados fiablemente por las generaciones posteriores.

Por tanto, me atrevo a decir que comienza la Historia a la par que la escritura y los maestros, estando todo íntimamente relacionado hasta nuestros días y habiendo recorrido las más de las veces unos caminos duros y penosos. Pretendo (a ver si lo consigo), muy sucintamente esbozar en esta primera parte lo que fue su evolución. Si la escritura es la causa de la historia, ésta comienza cuando hay documentos escritos, siendo la tarea más apasionante de los historiadores la búsqueda incansable de los más antiguos escritos.

Maestro y alumnos

Se suele admitir que la Historia comienza casi simultáneamente en el valle de Mesopotamia y en Egipto, y se puede situar en el tiempo en torno a los 4000 años antes de Cristo, según tradiciones y leyendas posteriores. Toda esta reflexión nos sirve para situar como dato fiable que la aparición del personaje —que en adelante conoceremos como “el maestro”— es tan antiguo como la Historia misma. Esta “Historia”, por medio de unos signos convencionales, fue posible conservar y, haciendo reversible la operación, posible de reinterpretar. Esto no habría sido posible sin la existencia de la figura de un pedagogo o maestro, encargado de transmitir este arte a una nueva figura que es el efecto de todas las anteriores: el alumno.

Volviendo a los inicios de la Historia o los de la escritura, pues ya hemos constatado que nacen a la vez, es en Mesopotamia, en la zona de Uruk donde se tiene constancia de los primeros signos convencionales cuneiformes. Por tanto, se puede deducir que los primeros maestros y escuelas surgirían en esta civilización, si bien hay datos de que —paralelamente— a orillas del Indo y en Egipto ya estaban surgiendo diferentes escrituras, dando lugar a una nueva clase social muy importante: el escriba, con sus alumnos y sus escuelas.

De los fenicios al Renacimiento

Fueron los Fenicios quienes, a base de simplificar los signos cuneiformes mesopotámicos, inventaron el alfabeto, que  inicialmente constaba de 22 signos consonánticos.   Este invento, en mi opinión, es uno de los grandes hitos de la humanidad, quizá el más grande, junto a la conquista del fuego; pues si éste que fue fundamental para el cuerpo físico, el alfabeto lo fue para la mente humana, siendo los Griegos quienes al adoptarlo y mejorarlo lo extendieron por Occidente, convirtiéndose en lo que actualmente, en buena parte, son las lenguas europeas.

Los Romanos también adoptaron esto de los griegos, como tantas otras cosas, dando lugar a la cultura Greco-Romana, que es la nuestra de los últimos 20 siglos y que por preservarla se luchó durante más de 700 años contra la invasión árabe. La historia de la escuela, entendiéndola aquí como institución social, puede asegurarse que corrió pareja con la historia romana de esta institución.

 Por tanto, si nos fijamos en los avatares que sufrió la institución escolar en el Imperio romano, veremos que nuestras escuelas rurales son el producto directo de aquella cultura, pues no en vano fuimos una provincia romana varios siglos (las Hispanias).   A la caída del Imperio, con la invasión de los suevos, vándalos, alanos, visigodos, godos, es de suponer que la institución escolar pasaría por grandes dificultades, siendo receptáculo de los saberes de las instituciones monacales cristianas, que años atrás ya se habían subsumido con el imperio, en una muy conveniente simbiosis para ambos. Lo mismo sucedería con la invasión árabe que duro más de 700 años; y sería en el Renacimiento cuando se volvería a retomar los principios romanos y griegos como pautas culturales.     Es por esto que sería interesante ver el origen de la escuela dentro de la parcela de nuestro entorno histórico-cultural, en su origen, y del cual tenemos quizá más datos fiables.

Primeras aulas y primeros maestros

Se sabe que a finales del siglo segundo antes de Cristo, en Roma comenzaban a proliferar escuelas privadas, donde las familias pobres enviaban a su prole a adquirir unos mínimos conocimientos de letras, y unos rudimentarios métodos de cálculo. Las familias pudientes encargaban la enseñanza y educación de sus hijos a algún notable pedagogo que les impartía los conocimientos en sus propias casas.  Era paradójico el hecho de que los encargados de formar a los niños, tratásese de familias pudientes o no, eran siempre esclavos; o en el mejor de los casos esclavos libertos, con lo cual, si el educando era de una familia pudiente, se generaba un total desprecio o posterga miento hacia el pedagogo, relegándolo a un lugar subalterno. Pero era aún peor el caso de educandos de baja clase, ya que éstos, aún tenían menos respeto por el maestro de procedencia tan devaluada como la esclavitud, y a cuya escuela asistían.    El paupérrimo maestro, por un miserable salario de 8 ases por alumno y mes, se veía obligado a complementar sus ingresos  pluriempleándose en trabajos de diversas índoles y sin ninguna otra autoridad sobre sus alumnos que no fuese un vergajo o férula, que eso sí, aplicaban con todo rigor.

En este orden de cosas, no era de extrañar el notorio desprestigio de esta profesión que le daban los analistas del siglo primero antes de Cristo, a juzgar por el papel de traidor o villano de teatro, que tenía el maestro de escuela de Faleria, el más antiguo maestro de escuela de la historia romana. A todas luces un papel falso, totalmente inventado, pero que nos da una idea de la antipatía que esta profesión generó.   Bajo el Imperio, los pedagogos no mejoraron su fama y la plebe poco menos que los consideraba la escoria de la sociedad. Se comprende fácilmente que en este estado de cosas, en un ambiente despectivo, y con el Estado indiferente a la situación y desentendiéndose totalmente de ellos, no les faltasen razones a los maestros para un desalentador estado de ánimo, que propiciaba un acanallamiento de estos sufridos pedagogos.

Es de comprender que en este ambiente de maestros frustrados, mal pagados y desprestigiados, abundase la brutalidad en la disciplina y la escuela primaria romana no educase a los adolescentes; antes los corrompía, siendo muy raro que les hiciera sentir lo maravilloso del adquirir conocimientos.     Las clases eran impartidas por lo general en plena calle, y solía reducirse a una sola aula, al resguardo de un toldo de alguna tienda o bajo algún alero amplio. Separada de la calle con una simple cortina, con un mobiliario tan precario como su ubicación, el aula se limitaba a una silla para el maestro, unos bancos para los alumnos, un encerado y algunos ábacos como único material didáctico.   Las clases comenzaban al alba y continuaban sin descanso hasta el medio día con las interrupciones de las “mundinae”, (día de mercado) las “quinquatrus” (fiesta dedicada a Minerva) y las vacaciones de verano. El programa del maestro para con sus alumnos no iba más allá de enseñar monótonamente a leer, escribir y contar; los alumnos asistían a estas escuelas desde los siete a los quince años y las niñas de los siete a los trece, con lo cual, el maestro disponía de 6 a 8 años para explicar las materias mencionadas, materias explicadas mediante unos métodos tediosos e insuficientes que no se preocupaban por mejorarlos, quizá con la intención de así asegurar su ocupación.

Normalización de las enseñanzas

No fue hasta el 425 de nuestra Era cuando el Estado se dignó a remunerar directamente el ejercicio y las funciones de esta sufrida profesión, siendo la primera escuela estatal romana fundada en tiempos de Teodosio II (gobernó del 408 al 450). No obstante, es cosa constatada que los gobernantes del siglo segundo de nuestra era, y Adriano en particular, vieron favorablemente que se difundiese algún tipo de enseñanza primaria hasta los confines más remotos del Imperio y animaron a los maestros de buena voluntad— concediéndoles inmunidades fiscales— a instalarse en las aldeas más perdidas y olvidadas. A mi juicio, fue esta filosofía la que nos trajo a las Hispanias el germen de nuestras escuelas rurales, cuyo espíritu pervivió hasta comienzos de los sesenta del pasado siglo XX.  

En la Baja Edad Media, la cultura está en manos de la Iglesia, que la administra según sus criterios y los estudiantes de grado superior o “universitarios” son considerados a todos los efectos como clérigos menores.

Las universidades, tal como las conocemos, con profesorado, estudiantes y grados académicos, toman su origen en la Alta Edad Media, época de la que no encuentro noticias de sus escuelas primarias, donde asistir el pueblo llano. Es de suponer que la inercia de la civilización romana mantuviese su estructuración. (Aunque parece que la educación en la Alta Edad Media residía sobre todo en el Clero, no es el tipo de escuela que nos ocupa, si bien los portales y cabildos de las parroquias pudieron ser sitios donde algún tipo de maestro ejerciese el oficio lo más laicamente posible para la época; el propio párroco impartiría algunos conocimientos elementales a la par que el catecismo, no olvidemos que estamos hablando de la escuela de las clases pobres, la educación de las clases pudientes es otra historia)

En todo caso, las diferentes religiones e iglesias se interesaron en la enseñanza, quedando muy claro que han tenido un papel predominante  en la educación de cierto nivel, prácticamente hasta el siglo XVIII o XIX. Tal es el caso de los Jesuitas y Salesianos,  en la Iglesia Católica; o Lutero, Calvino y otros líderes religiosos y educadores de la Reforma.

En el siglo XVIII fue viéndose posible la educación de las masas, siendo uno de los teóricos educativos más relevantes el francés Jean-Jacques Rousseau.  Es en el siglo XIX, cuando los sistemas nacionales de escolarización toman cuerpo en la mayoría de los países europeos y sus zonas de influencia, entre ellos España.

En España

Es en la España de 1767, cuando los hombres ilustrados que formaban gobierno con Carlos III, adelantándose en cierto modo  a la “ley Moyano” (1857) redactan un articulo del fuero para las nuevas poblaciones de Andalucía y Sierra Morena, que decía: “Todos los niños han de ir a las escuelas de “primeras letras” debiendo haber una casa en cada concejo para los lugares de él; situado cerca de la iglesia, para que puedan aprender la Lengua Española y la doctrina a un tiempo”.

Las disposiciones del Concilio de Trento (1545-1563), habían llevado al campesinado católico al aprendizaje del catecismo bajo la dirección del párroco. Pero la alfabetización de las masas y la educación pública tutelada por el estado no se planteó en España hasta el asentamiento del Régimen Liberal. Así en 1857 se aprobó la ley de Instrucción Pública, apadrinada por Claudio Moyano, que preveía el establecimiento de escuelas primarias en todos los pueblos del Reino.

En 1880 el Supremo Consejo de Castilla sancionó los estatutos de Colegio Académico del “noble arte de las primeras letras”. Las clases permanecerían abiertas de Lunes a Sábado, de dos a cinco de la tarde, cerrándose dos tardes para que los maestros participaran con sus pasantes o “maestros aprendices”, y en verano de 4 a 7, para que adelantaran y perfeccionaran su arte o ciencia debatiendo las cuestiones más relevantes de su práctica.

A la vista de todo esto, entiendo que nuestra escuela primaria en la Tercia tendría su origen oficialmente en la “ley Moyano”, y es en la segunda parte de este artículo donde comentaré cómo funcionaban aquellas escuelas rurales, que yo aún alcancé a vivir e incluso a disfrutar, pues el maestro de Prieres a la sazón, lo recuerdo como una persona afable y bondadosa, al contrario que Azorín, que evoca con amargura sus recuerdos infantiles de la escuela de Monovar: “porque este maestro que me inculcó las primeras letras era un hombre seco, alto, huesudo, brusco en sus palabras, con unos bigotes cerdosos y lacios, que yo sentía carraspear en mis mejillas cuando se inclinaba sobre el canto de la mesa para adoctrinarme con más ahínco”.

La institución debió anquilosarse tanto en sus docentes como en sus métodos, y dio lugar a que se alzasen voces críticas en contra del estado de cosas. Elementos procedentes de diversos grupos progresistas y reformistas coincidieron en la necesaria modernización de la escuela en sus métodos y materiales. Así, un grupo de catedráticos separados de la Universidad, defendiendo la libertad de cátedra y negándose a ajustar sus enseñanzas a los dogmas oficiales en materia religiosa, política y social, fundaron en 1876 lo que llamaron la Institución Libre de Enseñanza, destacando entre ellos Francisco Giner de los Ríos y Joaquín Costa. Las primeras enseñanzas de esta institución fueron dirigidas hacia la enseñanza universitaria y después a la educación primaria y secundaria.

Fuente: La Escuela en la Segunda República (FIES)

Hasta aquí esta una breve, aunque condensada historia de la escuela primaria, pergeñada a mi manera con motivo del Centenario de La Escuela de Prieres. Confiando que os resulte interesante su lectura,  continuaré en una segunda parte donde, como ya comenté, nos centraremos en la Escuela Rural en general y la de Prieres en particular.

Jenaro Pérez Francisco

 




  Comentarios (4)
 1 Escrito por Un de Prieres, el 22-04-2009 11:00
En el grabau del maestru y los escolinos ya vemos que'l cabás taba ya inventau. 8)
 2 Escrito por curiosa, el 24-04-2009 22:36
Prestaríame saber onde hay datos pa conocer esa hestoria de "La escuela de Faleria". Gracies.
 3 Escrito por Jenaro (para curiosa), el 25-04-2009 10:01
La verdá ye que rebusqué too lo que pudi pa saber más yo tamién sobre esti detalle y nun alcontré gran cosa. 
Yo encontré esta referencia en el llibru "La vida cotidiana en Roma" de Jerome Carcopino. En el cuenta como al "magister de Faleria" le adjudican un papel de traidor, remitiendose a : "Sobre el maestro de Faleria, cf. LIVIO, V, 27, 1, cuyo relato es evidentemente inventado y falso (cf. Diod., XIV, 95,6)". Te lo transmito literalmente por si te sirve daqué. El autor fá referencia a esti maestro como un exemplu de la mala prensa que tenien los pedagogos en el siglu primeru anantes de Cristu, reputación que nun yos fu meyor baxu el imperiu. gracies a ti. saludos
 4 Escrito por Jenaro (para curiosa), el 25-04-2009 18:29
Pues mira, algo indagué, esta vez con más suerte, sobre el maestro de Faleria. 
Faleria era una ciudad etrusca que hacia el 360 antes de Cristo, estaba asediada por los romanos, al mando de los cuales estaba un tal Marco Furio Camilo, gran personaje este romano, considerado el segundo fundador de Roma, y en Faleria, a la sazón, tenian un maestro que tenia la costumbre de llevar a los rapaces, todos ellos de las mejores y mas ricas familias,a dar unos paseos por los alrededores de la ciudad. Un día, saco a los alumnos más lejos de lo que era costumbre, hasta llegar a los campamentos del ejército romano. Una vez allí, pidió hablar con Camilo y le dijo: Puedes obtener la ciudad de Faleria cuando quieras. Mis alumnos son hijos de la gente más importante y rica de la ciudad, y teniendolos tu de rehén,se rendirán sin más resistencia. Camilo indignado ante la vileza de este maestro felón, en lugar de aceptar su propuesta, mandó atarle desnudo, y dió una varas a los chicos para que le azotasen durante el camino de vuelta a la ciudad, puesto que les dejaba marcharse. Al enterarse en Faleria de lo ocurrido, y viendo que Camilo era un hombre honorable, desistieron en su resistencia y negociaron con Camilo un tratado de paz.

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